LA ENTREVISTA

Fabián Pérez Pacheco, fundador de Ars Nova. Restauración de Bienes Culturales

LUNES, 24 DE SEPTIEMBRE DE 2018  
Fabián Pérez Pacheco, fundador de Ars Nova. Restauración de Bienes Culturales
11-DICIEMBRE-2012
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Juan F. Calero

"El objeto antiguo tiene una dimensión moralizante que va más allá de su valor artístico y cultural"

Ars Nova, Restauración de Bienes Culturales, fue creada en el año 1999 por dos restauradores, Fabián Pérez Pacheco y Eva Morata Plá, Licenciados en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y titulados en Restauración de Bienes Culturales por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid, en las especialidades de escultura y pintura respectivamente. Su diversificación técnica les ha posibilitado ejecutar diferentes procesos de restauración tanto de carácter pictórico como escultórico en distintos materiales y técnicas.

¿Qué os empujó a embarcaros en la aventura de Ars Nova?

Cuando finalizamos nuestro período de formación y empezamos a restaurar obras de arte,  no éramos consciente del proyecto que iniciábamos, pero desde la perspectiva actual, pasados los años, creo que lo vemos claro: lo que nos empujaba era la intención de querer ser los dueños de nuestros proyectos, llevar a cabo nuestras ideas, no limitarnos a ser solo ejecutores de los proyectos de otros. Casi sin darnos cuenta, de manera natural, estábamos llevando a cabo trabajos diseñados, orientados, asesorados y ejecutados por nosotros mismos. Y en realidad eso era lo que nos daba satisfacción. El hecho de ejecutar el proyecto de otros, en los que las ideas propias no marcaran el fundamento del proyecto, lastraba nuestras expectativas.

Fue el momento de recibir un primer empujón

La confianza que en nosotros vertieron clientes, empresas y profesionales de la restauración para los que trabajamos en los inicios de nuestra trayectoria, fue clave para ir creciendo y adquiriendo la seguridad y los conocimientos necesarios para avanzar, y la buena relación el sustrato para una confianza personal.

¿Cómo se desarrolla el proceso desde que desde el ámbito privado o público se decide restaurar una obra hasta que os ponéis en marcha?

Siempre hay un estudio previo en la obra. La profundidad y contenido de dicho estudio depende de la calidad de la misma, del presupuesto disponible por el propietario y del nivel de protección administrativa que la obra puede presentar. El estudio abarca desde un básico análisis formal en base a características estilísticas hasta un amplio estudio histórico-artístico que pone al día la documentación disponible acerca de la obra. Este acercamiento teórico a la obra de arte es obligado. 

¿Cuándo os veis obligados a profundizar aún más?

Dada la importancia de algunas obras (por autor, escuela o calidad artística), o debido a problemáticas específicas que puedan presentar, abundan las ocasiones en las que es necesaria una analítica científica que identifique sus componentes técnicos, la naturaleza química de sus materiales. De esta manera se conoce la obra desde una perspectiva histórico-artística y desde el plano técnico-científico, documentando sus características propias y poniendo al día toda la información disponible acerca de dicha obra: conocer para luego intervenir. Cuando la obra presenta una protección administrativa concreta, como por ejemplo haber sido declarada Bien de Interés Cultural (BIC) la tutela de dicho proceso lo ejerce la administración correspondiente que obliga a la justificación del proceso de restauración, el cual debe ser explicado y justificado de manera previa, dándolo a conocer a sus técnicos, que lo someten a aprobación.

¿Sobra burocracia también en vuestro campo? 

Cuando se trabaja con obra que presenta algún tipo de protección administrativa, dicha burocracia se hace en ocasiones demasiado presente. Entendemos que es comprensible en tanto la salvaguarda necesaria que se debe al patrimonio cultural, y por tanto la consideramos inevitable. A priori, estas medidas evitan la actuación sobre el patrimonio poco profesional que en ocasiones podemos observar en las restauraciones, realizadas sin criterio y sin capacidad técnica. El ámbito privado escapa a este control.

¿Qué echáis en falta?

La parte negativa de estos procesos es la protocolización, la sistematización de los criterios de restauración, la aplicación no enjuiciada de técnicas de restauración que a veces limitan las actuaciones. Son restricciones que quedan justificadas en un prurito conceptual que no hace más que aplicar criterios preconcebidos, más o menos estandarizados sin la realización de un análisis pormenorizado, juicioso, e incluso, por qué no, estético, de la obra singular y en concreto a restaurar.

¿Qué guía a esos protocolos?

Están basados en una lectura restringida de los criterios de restauración, en un recetario asumido y muy extendido que a veces teoriza de manera compleja sobre cuestiones que se entienden como cuestiones simples desde la intuición, pero que un exceso de teorización complica desde el punto de vista conceptual. Se trata de una cuestión muy compleja, difícil de explicar, pero que en nuestro ámbito es importante, en tanto que nuestra actividad atiende a una doble dimensión de los objetos: a su salvaguarda material, para su proyección estable en el futuro, pero también a su resuelta presentación formal, en tanto que son objetos para ser vistos.

¿En qué consisten las últimas innovaciones que se han introducido en el mundo de la restauración?

Hay que hablar de tres categorías: los materiales a utilizar en las restauraciones, estables químicamente, las innovaciones aplicadas a nuevas herramientas, que nos ayudan a hacer más eficaz nuestro trabajo, o el campo de la analítica científica, que nos permite conocer el intríngulis de los objetos.

El campo de los materiales es muy amplio y la industria química nos aporta una permanente mejora e innovación de productos como, por ejemplo, resinas sintéticas que alimentan el campo de los barnices, o soportes estructurales ligeros y estables químicamente. En restauración ya contamos con medios más o menos estandarizados donde la tecnología se ha puesto al servicio de nuestro trabajo, como el estudio con luz ultravioleta o cámaras de rayos infrarrojos que nos permiten ver lo que nuestros ojos no aprecian con la luz natural.

Pero sin duda, una de las innovaciones más llamativas, y que se va imponiendo cada vez de manera más eficaz en los procesos de limpieza, es el uso de la luz laser, capaz de discernir el producto de alteración superficial frente al material original de la obra. El estudio científico de los materiales constitutivos de las obras de arte es en numerosas ocasiones una labor importante para los trabajos, pero además para la documentación de las técnicas de los artistas: la identificación de pigmentos y aglutinantes, el origen de las maderas utilizadas o los tipos de telas, su naturaleza y aprestos, pero además para identificar los productos de alteración, sus características químicas. 

Y fundamental para limitar las tentaciones de copia

Esta analítica química identifica las falsificaciones porque, en caso de ‘truco’, nos muestraría productos inexistentes en un periodo determinado. Todas estas innovaciones son importantísimas en nuestro trabajo, pues nos permiten ser más eficaces y trabajar con mayores garantías, pero sin embargo, estoy convencido de que la mano sensible del restaurador y su valoración cualitativa del trabajo es sin duda insustituible frente a la acción cuantitativa y objetivamente definida de una intervención técnica y científica.

¿Es fácil mantenerse al día o requiere de inversiones pocas veces asumibles?

La aparición de nuevos materiales, herramientas o técnicas de restauración son una constante en el ámbito de la restauración. Los avances en nuevos materiales realizados por la industria química, aeronáutica o la tecnología digital ofrecen nuevos productos que van siendo incorporados a golpe de márgenes presupuestarios. Sin embargo, hay una labor constante, individualizada e íntima del restaurador que sólo requiere de su actividad sensible e intuitiva con la obra, y este es el fundamento de nuestro trabajo.

El taller de restauración privado introduce inevitablemente las innovaciones en materiales y técnicas, pero su aspecto sigue cargado de pinceles, botes de colores, lámparas, tableros y caballetes. En ocasiones dispuestos al modo de un quirófano, con una mesa de intervención con lámparas cercanas con destacadas lupas y pequeños y finos utensilios de intervención: pinzas, bisturíes, escalpelos, vendas y engasados, jeringuillas con diferentes agujas, torundas de algodón, etc.

Cuando os enfrentáis a una obra de arte, entendemos que existe una labor de diagnóstico y después se aplica la medicina más adecuada.

Así es, pero no es solo eso. Además de analizar el estado de conservación, acertar en las causas de alteración y atinar con el tratamiento capaz de estabilizar la obra, es preciso tomar en consideración cómo los trabajos afectan formalmente a la obra, pudiendo, incluso, redefinirlo como objeto. Así que cuando nos enfrentamos a un objeto, más allá de la intervención conservativa, son las labores de acabado las que determinan la imagen que obtendremos de la obra, y este campo es tremendamente intuitivo, difícilmente protocolizable, muy ligado a la experiencia y al gusto. Por ejemplo, en principio, la presencia de una sencilla capa de suciedad es susceptible de ser eliminada, pero en función de la obra, dicha intervención le puede afectar positiva o negativamente como objeto. Es decir, en una obra de calidad artística, de técnica y estilo destacables, la eliminación de dicha suciedad pone en valor su excepcional calidad, pero en una obra de menor rango, la presencia de dicha alteración mejora sus cualidades, precisamente porque éstas no son artísticas, sino de antigüedad, y esa suciedad la refuerza. 

¿Qué trabajos os han resultado especialmente complejos?

Las mayores dificultades siempre han estado en las cuestiones de acabado, en la complejidad para solucionar problemas formales, más que técnicos, y en ser capaces de acertar en un natural aspecto acorde con la historia del objeto. Las dificultades técnicas a las que nos enfrentamos son variadas; desde la necesidad de reconstrucciones pictóricas en cuadros con defectos formales importantes, o esculturas con desperfectos volumétricos llamativos hasta retablos estructuralmente desvencijados. Pero insisto en que lo realmente dificultoso reside en el acabado final: qué desperfectos reconstruir, qué lagunas asumir como estéticamente bellas, cuáles son agresivas en exceso y por ello neutralizables, qué producto de alteración es conservable como pátina, entendiendo que con ello la obra queda enriquecida en su “carácter”, mientras que en otras obras no. Las dificultades técnicas normalmente no dan la cara una vez finalizado el trabajo, simplemente se desvanecen, sin embargo, el resultado estético o estrictamente formal, siempre se hace presente y es lo que expuesto al juicio del espectador.

Si no seguimos invirtiendo en mantener nuestro patrimonio las consecuencias serán…

Me gusta pensar en la dimensión moralizante que muestra el objeto antiguo, más allá de su carga artística, etnográfica o antropológica, o documental. Es extraordinaria la extraña sensación de saber que la obra nos sobrevivirá en el tiempo, su permanencia frente a nuestra fugacidad, y a la vez que nuestro estado de consciencia acerca de ella no sea más que un mero hito en su proyección temporal. Así se conforma como una vanitas barroca, entendido como una reflexión moralizante acerca del paso del Tiempo, es decir, una bofetada de humildad a nuestro ego etnocéntrico. De ahí la necesaria dualidad en su restauración, su proyección material al futuro sin menoscabo de su bagaje temporal que se conforma en su natural envejecimiento, es quizás el principio íntimo de la restauración. De este modo, entiendo que los objetos envejecidos son naturalmente bellos, y su envejecimiento, en la medida de lo posible estabilizado a lo largo del tiempo, es positivo.

 
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