EN EL PUNTO DE MIRA

El fracaso de la LOMCE podría descolgar a España de Europa una década

MIÉRCOLES, 19 DE SEPTIEMBRE DE 2018  
El fracaso de la LOMCE podría descolgar a España de Europa una década
23-OCTUBRE-2013
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Ni el más excéntrico y despistado de los analistas y observadores especializados en España podría estar en desacuerdo con que la educación es la gran asignatura pendiente de la Democracia española, el gran problema del que cuelgan casi todos los graves problemas económicos con los que se enfrenta y se ha enfrentado nuestro país, incluyendo el paro y que no deja de ser la consecuencia de la ineficacia de un sistema educativo jalonado por sonoros fracasos desde que se pusiera en marcha en 1985 la Ley Orgánica del Derecho a la Educación, primera norma de la Democracia referida a la enseñanza.

Desde entonces, España parece haberse instalado cómodamente en el furgón de cola de las democracias europeas en materia educativa y ha cosechado todo tipo de fracasos hasta convertirse en referencia de lo que no debe ser la educación en un país con aspiraciones y así lo viene certificando la OCDE cada vez que hace públicos los informes PIAAC y PISA.

La semana pasada un nuevo texto legal –el séptimo de la Democracia- era aprobado con la exclusiva mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados y era remitido al Senado para una segunda lectura antes de su aprobación definitiva y todo apunta a que una vez aprobada, pueda convertirse en un nuevo acto fallido por resolver los muchos y graves problemas que tiene la educación en España, pese a que la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) contiene elementos muy aprovechables. De ser así, España volvería a perder no menos de una década para conseguir alcanzar posiciones de equilibrio con respecto a los países de la eurozona en todos aquellos conceptos en donde actualmente “no somos competitivos”.

Pese al escrupuloso trámite parlamentario, la LOMCE nace con muy serios problemas como consecuencia de la falta de un imposible e imprescindible consenso dado el rechazo de sectores sociales dirigidos por partidos de izquierda, sindicatos y asociaciones de padres y de alumnos de la enseñanza pública que han mostrado su rechazo a la misma mediante concentraciones, manifestaciones y huelgas, que se han unido a las protestas por la reducción del gasto público en educación como consecuencia de la política de austeridad derivada de la crisis económica en que se encuentra España desde 2008.

A la oposición a la ley se han sumado los partidos nacionalistas porque, a su juicio, esta reforma merma sus competencias autonómicas y pone en peligro la calidad de la enseñanza de las lenguas cooficiales debido a que dejan de ser consideradas "asignaturas troncales" pasando a ser "asignaturas de especialización opcionales".

Desde que el PP llegara al gobierno y sin siquiera empezar a trabajar en el contenido de la LOMCE, la calle se movilizó en contra de la futura y desconocida norma legal, fuera cual fuera su contenido y desde su declaración de principios en donde se señala que “la educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país.

Su nivel educativo determina la capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro”, hasta el último aspecto, todo ha sido rechazado y puesto en cuestión, hasta el extremo de que el PSOE ya ha anunciado, como lo ha hecho con otros asuntos, que cuando llegue al gobierno derogará la reforma educativa. Gobernar así no es, desde luego, una tarea fácil.

Desde el primer momento, la reforma educativa se ha encontrado con la oposición de la marea verde, cuyos componentes han calificado el proyecto legislativo de “ley sin justificación”, “sexista”, “clasista”, “partidista” y “anti-educativa”, aunque en opinión de expertos en la materia, la LOMCE tiene muchos aspectos especialmente positivos que podrían poner fin al desastre educativo actual, cuyos componentes han quedado al descubierto en numerosas ocasiones y que son causa y razón de los profundos desequilibrios estructurales que sufre el país, entre los que cabe colocar en situación de privilegio una tasa de desempleo que coquetea con el 26%.

Repasando la oposición a la LOMCE, el abanico de reproches de los críticos resulta tan interminable como impostado: colegios menos democráticos; director puesto ‘a dedo’ por la Administración; segregación en las aulas; idiomas autonómicos relegados; reforma al servicio de los mercados; ratios más altas y profesores sin oposición; más control del Ministerio en los contenidos; escuela menos participativa; supresión de la asignatura de la ciudadanía y más horas de religión; modificación de las condiciones de los funcionarios; reválidas, evaluaciones continuas, rankings y competitividad entre escuelas; más exigencia a los alumnos; modificación del acceso a la universidad, becas, etc. etc. Nada en el proyecto parece ser salvable.

Así las cosas, imposible consensuar nada, aunque unos y otros enfatizan que lo han intentado. Sin embargo, está más que verificado que ninguna de las partes ha puesto al servicio de un acuerdo sus mejores disposiciones.

Sin embargo, de lo que casi nadie ha hablado es del contenido de la educación y de lo que deben aprender nuestros jóvenes para ser capaces de competir en el mundo en el que crecerán, ya que la educación no deja de ser una herramienta para hacer frente a la vida profesional. Sobre esta cuestión, entre las opiniones más lúcidas sobresalen las de los economistas Fernández-Villaverde y Garicano, quienes bajo la idea fuerza de que España necesita urgentemente mejorar su capital humano, y eso pasa por reformar el sistema educativo desde primaria hasta la universidad, abandonando la educación memorística y enseñando a pensar, a escribir, a leer, a razonar con lógica, concluyen en que bien está “reducir el abandono escolar temprano y aumentar la importancia de las matemáticas y la ciencia, pero no incide en la cuestión clave: el protagonismo de la memorización y la rutina como método educativo”.

Garicano, miembro de la Comisión de Expertos para la Reforma de la Universidad, es especialmente cruel en su análisis al poner de relieve que “no tenemos una educación pensada para una democracia, sino para una dictadura, esto es, para ser obedientes. Mira lo que pasa en las clases de la universidad: un profesor imparte una lección magistral y todos los alumnos callan mientras toman apuntes. Es un sistema educativo decimonónico, no sirve absolutamente para nada en el siglo XXI. Y cada vez que hablamos de Educación nos pasamos dando vueltas a debates bobos como “religión sí” o “religión no”, sin meternos en los asuntos de fondo. Como por ejemplo, el drama de los muchísimos desempleados que hay sin tener siquiera el graduado escolar”.

 
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