EN EL PUNTO DE MIRA

¿Hay alguien pensando en el futuro de la economía española?

VIERNES, 23 DE FEBRERO DE 2018  
¿Hay alguien pensando en el futuro de la economía española?
23-ABRIL-2014
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Redacción
@innovaspain

Impulsores de la competitividad como la educación, la eficiencia de los mercados de bienes, de trabajo y financieros, o la facilidad de acceso a los recursos tecnológicos, se sitúan en España en unos niveles que apenas llegan al 75% de lo alcanzado por países de nuestro entorno. El porcentaje cae más aún cuando se evalúan indicadores que reflejan la capacidad de innovar como las relaciones entre la empresa y la Universidad, la capacidad tecnológica de los proveedores locales, la excelencia profesional de ingenieros y científicos, la propiedad intelectual o el gasto empresarial en I+D. En estos factores de competitividad, llegamos escasamente a la quinta parte de los índices de los países con los que nos podemos comparar.

En cuanto a la “convicción” que las empresas tienen de la necesidad de basar su competitividad en la innovación, el saldo con Europa es muy negativo, especialmente en el grupo de las PYMES, que representan más del 80% de nuestro empleo. Los resultados que reflejan la actividad innovadora de nuestras empresas están en niveles muy bajos y nuestro empleo en sectores manufactureros de media-alta y alta tecnología, es solo dos tercios de lo habitual en Europa.

Aún reconociendo la sustancial mejora de la balanza comercial española, bueno es reconocer que una buena parte de esa mejoría se ha debido a una fenomenal devaluación interna  que se ha traducido en una caída de costes que pasará a los anales de la economía  española, lo cual no anula el hecho de que España tiene una deuda exterior especialmente elevada y que ello es una constante amenaza para nuestro crecimiento, no en vano un porcentaje considerablemente elevado de ese endeudamiento ”se debe” a nuestro bajo nivel de competitividad.

España sigue sin dar respuesta a un reto fenomenal que no es otro que el de buscar alternativas a un modelo económico, una parte del cual está en acelerado proceso de agotamiento, lo que hace cada vez más difícil neutralizar los muchos déficits de nuestra economía.

Los observadores y analistas ponen de relieve que hay un antes y un después de la crisis y España sigue teniendo una asignatura pendiente: conseguir  que su economía no sólo crezca, sino que se desarrolle; que su economía no sólo engorde en cantidad, sino en calidad. Porque puede que la economía española sea la 8ª, la 9ª o la 12ª  del mundo, pero si de lo que se trata es de calidad, creatividad, innovación, competitividad y capacidad tecnológica, la economía española es de tercera división (exactamente ocupa el puesto 29). Si lo que queremos es convertirnos en un país avanzado y no sólo grande, de entrada hay que invertir una ecuación que habla por sí sola: España gasta más en juegos de azar de lo que invierte en investigación y desarrollo.

Los expertos señalan que hay signos de agotamiento de los factores de contención de costes de producir en España y si de lo que se trata es de que los niveles de riqueza per cápita aumenten, las empresas que produzcan en nuestro país deberán evolucionar hacia productos de gamas medias y altas para frenar la presión sobre las importaciones (demanda) de los productos que sostienen la balanza comercial. En definitiva, la banalización del producto es uno de los grandes males del tejido industrial y la I+D+i es el camino para salir de ella.

La empresa española no tienen tradición de invertir en activos ni en desarrollar actuaciones que son clave en estos momentos. Por ejemplo, el gasto en I+D+i de las empresas españolas sigue siendo muy bajo y además, el uso de las tecnologías de la información y la comunicación TIC es más bien modesto. Estamos, en este sentido, necesitados de sustanciales avances, habiendo mejorado mucho más en infraestructuras de lo que hemos mejorado en el uso de las TIC o en investigación aplicada.

Pese a la importancia del sector público en su participación en la tarea innovadora, es una certeza que contribuye menos de lo que debería a la mejora de la competitividad, pues es lento en decisiones que afectan al funcionamiento de instituciones clave para la nueva competitividad, como son las universidades o los centros tecnológicos. La prueba del 9 es que el sistema educativo no está produciendo suficientes alumnos con los conocimientos técnicos y el nivel de calidad adecuados para generar importantes avances en innovación, investigación y desarrollo aplicado. Y la afirmación se mantiene aunque algunos tengan la tentación de arrojar cifras tan exuberantes como los más de 130.000 investigadores profesionales existentes en España o las 11.000 empresas modelo que en materia de innovación se tienen censadas.

El debate es de matices. El principal escollo a salvar no viene dado por la escasez de recursos sino por lo estático del sistema. Se habrá podido dotar a nuestras universidades de más medios, pero ningún gobierno se ha atrevido a adoptar medidas de control que garanticen que esos recursos se canalizan hacia el efectivo incremento de nuestra capacidad de generar conocimiento básico.

Se pueden haber gastado docenas de millones de euros en multitud de programas y planes formativos, pero ninguna administración se ha atrevido a poner el orden suficiente para evitar los solapamientos, la descoordinación respecto a los espacios productivos, la inutilidad de muchos de ellos, ni la corrupta gestión que en demasiadas ocasiones les afectan. Y de la estructura autonómica y divergente, mejor no hablamos.

Similar situación se da en el mundo de la empresa y aunque éstas reciban subvenciones y desgravaciones millonarias por esos conceptos, nadie es capaz de poner freno al rentismo predominante. Y aunque se han desviado porcentajes cada vez más importantes de recursos nacionales hacia la I+D+i, nadie abre el debate sobre la utilidad efectiva de los procesos de investigación abiertos y su incidencia en la mejora de la posición competitiva de nuestra economía.

Hablar de oportunidades perdidas en la historia  de España se ha convertido en un tópico, aunque éste tiende a repetirse en la medida en que son demasiadas las reticencias y el miedo al cambio que atemoriza a la sociedad española. Pero de una vez por todas, España y sus gobiernos deberían asumir la responsabilidad de hacer frente a las múltiples deficiencias que atenazan el desarrollo de su economía, conscientes de que en esta materia el cortoplacismo electoralista debe quedar relegado a un segundo plano.

El gobierno de Rodriguez Zapatero intento un remedo de reforma del modelo económico con la Ley de Economía Sostenible, consistente en un conjunto de medidas que pretendían modernizar la economía española principalmente en los sectores financiero, empresarial y medioambiental. Su objetivo era situar a la economía española “sobre los cimientos del conocimiento y la innovación, con herramientas respetuosas con el medio ambiente y en un entorno que favorezca el empleo de calidad, la igualdad de oportunidades y la cohesión social”.

Hoy, el intento socialista ha quedado en nada y el gobierno de Rajoy, centrado en resolver los múltiples problemas acumulados que han acuciado a su gobierno, no parece tener en su hoja de ruta nada especial en este campo que no sea dejar que sea el mercado el protagonista de cualquier tipo de cambio que se produzca y en ese sentido hay que interpretar alguna declaración realizada por la ministra de Trabajo, Báñez.

Post-it
El concepto Sociedad del Conocimiento hace referencia a cambios en las áreas tecnológicas y económicas estrechamente relacionadas con las TICs en distintos ámbitos como el de la planificación de la educación y la formación, en la organización (gestión de conocimiento) y  en el trabajo (trabajo de conocimiento), aunque cada vez más el término se centra en la expansión de la educación, conscientes de que el conocimiento será cada vez más el vector de cambio y la base de los procesos sociales en diversos ámbitos funcionales de las sociedades. Crece la importancia del conocimiento como recurso económico, lo que conlleva la necesidad de aprender a lo largo de toda la vida. Éste cambio debe de ponernos alerta hacia nuevos riesgos (del no-saber) de la sociedad moderna.
La Estrategia de Lisboa, también conocida como Agenda de Lisboa o Proceso de Lisboa es un plan de desarrollo de la Unión Europea. Fue aprobado por el Consejo Europeo en marzo de 2000.
El Consejo Europeo de Lisboa se marcó el objetivo estratégico de convertir la economía de la Unión en «la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, antes del 2010, capaz de un crecimiento económico duradero acompañado por una mejora cuantitativa y cualitativa del empleo y una mayor cohesión social».
Según las conclusiones de la presidencia del Consejo europeo de Lisboa, la realización de este objetivo requiere una estrategia global basada en:
•    Preparar la transición hacia una sociedad y una economía fundadas sobre el conocimiento por medio de políticas que cubran mejor las necesidades de la sociedad de la información y de la investigación y desarrollo, así como acelerar las reformas estructurales para reforzar la competitividad y la innovación y por la conclusión del mercado interior;
•    Modernizar el modelo social europeo invirtiendo en recursos humanos y luchando contra la exclusión social;
•    Mantener sana la evolución de la economía y las perspectivas favorables de crecimiento progresivo de las políticas macroeconómicas.

 
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